NUESTRO ENCUENTRO
En efecto, y no es que hayan desaparecido en el Japón moderno de hoy, sino que más bién, su presencia está viva y los encargados de que esto sea así -entre los muchos-, son aquellos hombres anónimos que reivindican sus códigos de conducta y el cultivo de las artes y el juego y la poesía y muchísimo más.

Hace unos días, por uno de los parques famosos aquí en Kansai, encontramos a este guerrero en plena labor de reivindicación de su historia. Era el centro de atención de una multitud de hombres , mujeres y niños que, presenciaban los malabares que realizaba con un juguete antiquísimo. Se trataba de el koma (el trompo de madera), al cual después de enrollarlo con una cuerda y tirarlo al piso para que gire, inmediatamente procedia a llevarlo girando a través del filo de un "sensu"(abanico). También, en algo que parecía imposible, procedió a llevarlo para que gire sobre la punta de una vara de metal sostenida con la mano y en posición vertical. Y como no, de otra manera, que se deslize asimismo, sobre su dedo índice derecho y con el trompo dando vueltas y en posición horizontal.

Era un encuentro entre el Japón de hoy y el Japón del pasado. La destreza en el manejo del koma del que hacía gala este hombre que ahora encarnaba al bravísimo samurai, de pronto pasaría a dos pruebas mayores que anunciaría.
Desenvainó su espada e hizo una breve demostración de su manejo y lo puso sobre una mesa. Luego, con un koma grande girando sobre su dedo índice derecho, paso a deslizarlo con finísima precisión , sobre el filo de su espada que sostenía con la mano izquierda. Primero, el silencio total mas la concentración del ejecutor, y luego, cuando el koma se deslizó lentamente por todo el filo de su arma , el aplauso total del gentío celebrando la habilidad del guerrero.

Había más, y eso lo comprendimos cuando este soldado escogió entre el público, a una niñita llamada Kotone Shan. A ella, le pidió entonces, que se sentara en una silla pequeña. Luego le indicó que sostenga con la mano el extremo de una pita o cuerda, por donde también, el trompo se deslizaría. Así fue, nuevamente entre el silencio y el asombro y los flashes de las cámaras, el trompo girando fue colocado sobre la cuerda y se desplazaría desde el otro extremo en donde estaba apostado el guerrero. Así entonces, con una precisión exacta en el manejo de la cuerda,el koma llegaría girando sobre el hilo hasta donde esperaba la niña. Había que ser un artista para lograr este cometido y así fue. Después, más aplausos del público.

Y la felicidad de Kotone shan, se rubricó entonces cuando el samurai como premio a su colaboración, le ofreció que decidiera entre dos obsequios: entre un pequeño trompo, o un poema que él escribiría como recuerdo de ese momento tan feliz. Kotone shan, no lo pensó mucho y eligió el pergamino en donde el samurai, escribiría un poema alusivo al koma y todo el momento de felicidad vivido ante los niños presentes. Hasta antes de ello, todo el mundo había pensado de que la niña elegiría el juguete, es decir el trompo. Pero he aquí la manera de vivir el momento, la felicidad de esta niña japonesa que se decidió por el pergamino.

Luego, el guerrero invitaría a la niñita y a todos los demás,a presenciar cómo escribiría el poema. Según nos comentó una obasan presente, ello era tal y cual como se hacía cuando era niña. Y lo haría con la tradicional caligrafía japonesa y el "sumi" o tinta negra, y que una vez terminada, entregaría a Kotone shan quién también recibiría de paso, el koma mostrado al principio.

Acto seguido y antes de finalizar y agradecer a todo el mundo por su presencia, el guerrero pasaría entonces a recibir la contribución de público. Se trataba de la propina o "daidogei" que se estila obsequiar a los artistas de la calle en general aquí en Japón.
Todo había concluido y entonces llegó nuestro momento. El samurai se preparaba para retirarse por un momento. Luego continuaría con su exibición,y nosotros con el tiempo encima decidimos abordarlo. Nos acercamos y lo saludamos y nos presentamos diciéndole de nuestra nacionalidad. Accedió pero cuando escuchó el nombre de nuestro país, casi al instante exclamó mirándonos " ¡Fujimori!".
Le explicamos de nuestra admiración por la historia de los samurais y le pedimos ser sus amigos. Agradeció nuestra solicitud . Dijo que se llamaba Kentaro, que había nacido en Yokohama, y que trabajaba todavía en otro oficio. No insistimos más, sólo rogamos por unas fotos para el recuerdo a lo cual aceptó. Y nuevamente y a nuestra solicitud, desenvainó su arma para nuestro lente en son de entrar a pelear. Y por supuesto, posar al final ,como un verdadero caballero de la espada. Señala la historia, de que la espada era como el alma del samurai, y vaya que oportunidad como esta, para tratar de percibirlo en la persona de Kentaro San.

¿Cuando lo podremos encontrar nuevamente?, preguntamos pensando en un reportaje para la televisión peruana. "Todos los años, durante la primavera y en este mismo lugar", respondió claro y lapidario. Ya no hubo para más. Así nos despedimos de Kentaro San, un hombre anónimo quizás, no lo pudimos saber, pero sin duda, un exponente vivo, una especie de corazón palpitante. Un símbolo del legado de esta estirpe de guerreros tan legendarios de este país, que alguna vez, cerraron sus fronteras por mas de docientos años, tiempo en el cual, la cultura japonesa hecho raíces tan profundas y que hoy disfrutamos de ella sin duda alguna.
LA HISTORIA QUE DEBEMOS CONOCER
El legado de los samurais no ha desaparecido, sigue latente y continua rigiendo la vida de los habitantes de este Japón de hoy en muchísimas facetas. Sus principios como el respeto, el honor, la lealtad, el coraje, la honestidad y la rectitud que cultivaron en el pasado, diríamos que son el sustento espiritual, la columna o el alma de los valores morales que se siguen cultivando en este país. Digámoslo bien claro una vez más, valores morales que todo viajero extranjero que llega de paso, se queda mas que asombrado por todo cuanto vé en amabilidad, en orden, en cortesía, en limpìeza y muchísimo más de parte de los habitantes de este archipiélago. Al escribir esta crónica, hace unas horas apenas, hemos visto en la televisión cómo la selección de fútbol japonesa que irá al mundial en Sudafrica, presentó a sus 23 jugadores que tentarán lo imposible: estar en la semifinal de este mundial . Y se realizó en Yoyogi, Tokyo, ante un monumento de diez metros de altura del samurai Sakamoto Ryoma, de cuya historia, a la actualidad, la TV-NHK, domingo tras domingo y hasta fin de este año, difunde el ejemplo de este samurai histórico. ¿Podría haber otra manera para darse aliento y mística y temple y reafirmarse en su misión encomendada para estos deportistas? Nó, no lo hay. Y con Kentaro San, hoy hemos comprendido mejor la vigencia de los códigos del samurai que hay que cultivarlos, empezando desde nuestro mismo hogar. A nadie, con seguridad, le gustaría tener un hijo o un hermano desleal, por citar un ejemplo ¿verdad?
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