El microbús se va llenando de pasajeros y en una de esas paradas, escucho gritar al cobrador ¡¡ Oye cantor una cuadra nomás ahh.!!, advierte. Mi curiosidad me gana y miro hacia la puerta pero observo que nadie más ha subido aparte de dos damas. Me olvido de todo , aseguro mis bolsillos y cierro un instante mis ojos y pienso en los dias que me quedan y las mil cosas que ya no podré realizar. “Ingrato”, dirán algunos amigos de barrio con quienes ya no me podré reunir para recordar nuestros tiempos.
De pronto, del bullicio interior del carro se escucha una voz que por momentos se apaga y nuevamente se deja escuchar. Sí, se trata de un niño que avanza por en medio de la multitud que lo aprisiona por momentos y hace que su voz se escuche entrecortada, como si estuviese ahogándose mientras anuncia el porqué ha subido al vehículo. La advertencia del cobrador había sido para él. "Señores y seño…..he venido para ..…dicarles una ca…ción y así…. su viaje… más alegre, y por favor…..una moned……laboración”, es lo que alcanzo a entender.
Llega así por la parte media en donde estoy sentado ,está fatigado pero sigue abriéndose camino estirando sus brazos entre el gentío parado a quienes les llega apenas hasta la cintura. Mas de uno no tarda en reclamarle que le está ensuciando los zapatos mirándolo como si fuese un ser de otro mundo antes que un niño pobre y hambriento.
Llega hasta el fondo y nuevamente anuncia que va a cantar para los presentes. Una señora cerca a él está conmovida y lo mira compasivamente de pies a cabeza. El pequeño artista empieza a cantar con todas sus fuerzas una de esas tantas canciones ya conocidas que hablan de la mala suerte y de la desesperanza, del sufrimiento y de la injusticia y de la pobreza en este mundo. Todo me trae sólo recuerdos que me transportan a mi adolesencia cuando trabajaba y estudiaba y pensaba en mi futuro. Quiero adivinar quién o que grupo lo interpreta pero eso es imposible, el niño termina su actuación y se apura y entonces, pasa asiento por asiento y también ante los parados, extendiendo su gorra y pidiendo por favor le colaboren con una moneda. Ha llegado por mi lado izquierdo y alcanzo a ver que en el interior de su gorra apenas hay dos monedas. No lo puedo creer, miro hacia atrás pero cada quién está en lo suyo, y me viene el recuerdo de ese tiempo cuando vivía aquí y veía cómo se ayudaba a cualquier niño mendigo dentro de un carro. Todos correspondían, no había mamá alguna a veces, que en lugar de una moneda le obsequiaba una fruta o un pan que llevaba en su bolsa de compras . Hoy es distinto. Parece que todo el mundo acepta con frialdad las reglas de esta “ley de la selva”, del "salvense quien pueda" que ahora impera en mi país.
“Por favor señor colabóreme… por favor señor”, es lo que me dice este niño cuando llega ante mí. Tiene el rostro pálido y su mirada es suplicante pero en un segundo, ello me provoca inmensa ira porque a mi lado, en la portada del periódico que está leyendo un pasajero, veo una foto con un titular que dice: “¡LADRÓN DESCUBIERTO!”. Es un político del gobierno que acaba de ser pillado por la prensa robándose el dinero del Estado que debería ser enteramente para estos niños. Estos son los culpables de todo.
¿Cómo te llamas?, le pregunto muy cortés al cantor. Quiero conversar y saber de su vida antes de ayudarlo. Sin embargo, para el pequeño mi pregunta significa una negativa mía y prosigue su paso sin contestarme nada. Su silencio me duele ,me siento herido, veo que está a punto de bajarse y voy tras él y también bajo. Este será mi mejor reportaje del año pienso.
Camina despacio y en el trayecto se cruza con otro de su edad pero vestido de otra manera y llevando una bolsa llena de panes. Cuenta sus monedas y se lo guarda en el bolsillo de su pantalón y recién entonces le paso la voz.
“¡Hey amigo! ¿cómo te llamas?... yo también quiero colaborarte”, le digo amigablemente . Voltea sorprendido , me reconoce pero no habla. Está paralizado, seguramente es la primera vez que un extraño se le presenta así. Pasa un instante, nuevamente le pregunto por su nombre y por su edad sonriéndole, pero sus ojos esta vez se van tornando vidriosos y se llenan de lágrimas . Se contiene, no quiere que lo vea llorar, quiere ocultarme quizás su hambre y su desgracia de estar sólo en este mundo, sin una casa ni padres. No quiero verlo sufrir más y lo termino todo.
¡Vamos hijo!... ¡Vamos no estés triste! ,le grito alegre y lo invito tomándolo de la mano, ir a un pequeño mercado de ropa que he divisado cerca y cuya entrada luce adornada anunciando la llegada de la Navidad. Ingresamos y en el primer puesto que veo pido al que atiende me lo vista de nuevo incluyendo zapatillas y medias en lugar del zapato viejo y roto que lleva puesto. Al cabo de un momento viste distinto, con la ropa que él mismo ha elegido y entonces lo veo sonreir por primera vez. Me dice que tiene ocho años y que se llama Moisés y que ya lleva dos meses viviendo en la calle junto a otros. Me esta empezando a contar su vida cuando suena mi celular, es mi esposa Yoshiko que me recuerda mi fecha de regreso y otras cosas más de mi trabajo. Mi diálogo en otro idioma lo transforma todo. Moisés esta mudo, el vendedor me observa como lamentándose de no haberme cobrado algo más. Miro mi reloj y ya estoy con el tiempo vencido. Tengo que despedirme y decirle adiós."Ahora sí me voy, cuídate Moisés", le digo y lo abrazo como si fuese mi hijo y le pido que regrese a su casa . El vendedor me alcanza unos soles de vuelto por la compra y se lo pongo en las manos de Moisés. Es mi último obsequio, todo está consumado, después de diecisiete años todo sigue igual para los niños pobres que ahora son más en las calles .
¡Chao Moisés! le grito levantando el brazo mientras me alejo y esta vez él me corresponde agitando el suyo. Antes de salir volteo para verlo por última vez, estoy enfurecido y mis ojos se llenan de lágrimas por la triste realidad de mi Perú. Abordo un taxi, la inseguridad es tal que no se puede confiar en nadie.Dentro de cinco días tengo que volar de regreso al País del Sol Naciente. |